Hay algo en el Ave Verum Corpus de Mozart que me emociona. Me produce una inmensa calma interior. Ayer, por ejemplo, después de un día bastante nefasto –en el sentido puramente romano de la palabra- me metí en el Metro, con una sensación bastante aguda de angustia en la boca del estómago. Busqué en el iPod, distraídamente, una lista de reproducción que fuera distinta de las que oigo habitualmente y, casi sin querer, comenzó a sonar el Ave Verum, en la inigualable voz de Bryn Terfel. Inmediatamente, sentí unas tremendas ganas de cerrar los ojos y descansar. Desapareció completamente la angustia, y dio paso a una sensación de relajación absoluta… una sensación que sólo esta pieza de música, con la "
Misa en Si menor" del maese Bach me produce infaliblemente –hay otras obras que me relajan, claro, pero ésas no son necesariamente infalibles-
Ahora mismo, temprano por la mañana, sentado a mi mesa, en mi despacho, escucho el "
Ave Verum" de nuevo, mientras os escribo, aunque esta vez en la extraña pero exquisita versión del
Teatro Armonico Stuttgart. El mundo se ha detenido una vez más. Hmm…
Mi vida va deprisa. Más deprisa de lo que quisiera, a veces… tengo la sensación de que, la mayor parte del tiempo, no siento. Y es que, de lunes a viernes, apenas hay tiempo para nada, y llego a casa bien entrada la tarde –a veces pasada, incluso, la hora de ponerme a cocinar una cena que supere lo improvisado- cansado, agotado, pero irremediablemente acelerado. El sábado se me pasa entre las tareas imprescindibles de la vida y la nevera ordenadas, mientras busco el sosiego, el frenazo de la inercia de la semana. El domingo es demasiado poco tiempo. Es sólo uno de cada siete días –y a veces también ando ocupado los domingos: compromisos, familia, alguna compra…-
No tengo, empero, una sensación de agobio o angustia vital, probablemente porque mi trabajo me encanta y me enriquece intelectual y personalmente. Es por ello que no me vaticino yo, al menos por el momento, crisis cardíacas de ningún tipo. Es más: me va muy bien profesionalmente –ya os lo he comentado antes- excelentemente, de hecho… Y consigo hacer grandes cosas durmiendo cada día ocho horas, lo que en mi profesión, creedme, es un autentico lujo.
¿De qué os hablo, entonces? Pues de algo muy sencillo: de la ventana del Ave Verum, que me recuerda otro ritmo, que me insufla algo de una vida muy intensa y muy bella que en otro tiempo llevé con mucha más estabilidad e intensidad. Una vida en la que no tener tiempo para sentir era una estupidez, una irrealidad, algo sencillamente inconcebible.
Os escribo sin agobios. Sin pesar. Pero me planteo, mientras Giulini me recuerda, con su exquisita “
Tarte à la Crème”
[Diossss. ¡Como me gusta el barrocazo de los setenta y ochenta!] que, por muy bien que me vaya, por mucho que me guste esto de discutir horas y horas la conjunción del 1.575 y el 1.105 del Código Civil, y por mucho reconocimeinto que obtenga con ello, quizás sea mejor, más sabio, parar el carro, en castizo; colgar el hábito, alejarme de esta vorágine devorahombres y hacer algo distinto con mis días: algo que me permita sentarme más, y mirar… y sentir, y escuchar, y emocionarme más y más frecuentemente con el “
Oh Souverain”, o con el “
Sanctus” de la
Misa en Si menor, y salir más frecuentemente a hacer fotos a cualquier objeto, como antes, con mi libro, mi cuaderno y mi pluma en el bolsillo…
Quizás sea esto que ahora me viene una suerte de trauma postadolescente, de síndrome de Peter Pan… o quizás una cepa no muy virulenta de este mal de nuestro tiempo que es la insatisfacción por esta vida tan enlatada que nos vemos obligados a vivir…
En cualquier caso, yo estoy seguro de que soy capaz de sobrevivir a todo esto porque planté y cuido con esmero un pequeño jardín interior al que sigo pudiendo retirarme a placer. Y ahí, en mi jardín, me encuentro con ese yo mismo que soy en realidad, con mi fe, mi consuelo, mis placeres sencillos, mis simples cosas, mis sabores, mis especias, mi música y mi voz y el eco de mi violoncello. Aunque hay algún brote que no termina de abrir a pesar de mi esmero de aplicado jardinero, es bello mi jardín… y no sería yo nada si se me secase o si perdiese la llave que me permite entrar y evitar que se asilvestre.
¿Qué opináis? ¿Estoy de atar, o debo, sencillamente, cuidarme la garganta y ponerme cataplasmas contra el virus de nuestro tiempo? Lo de parar el carro y poner, no sé, una floristería, como dice la Condesa, no es mala idea, pero mucho me temo que, con flores o sin flores, lo que quita el sueño es tener que ganarse el pan. No me parece una alternativa, al menos por el momento. Habrá que cerrar los ojos y soñar con una buena prejubilación, dentro de muuuuchos años. Y mientras tanto, seguir abonando, podando y, no nos olvidemos: resemillando, ese jardín.
En fin, pequeños: cuidaos mucho, que sois el futuro.